El nuevo milenio inició con el pie derecho para el cine mexicano, con dos producciones de directores que ahora han recibido el reconocimiento internacional: Y tu mamá también de Alfonso Cuarón y el debut de Alejandro González Iñárritu, Amores perros, seguidas por otras propuestas interesantes de entonces nuevos talentos que pusieron nuevamente a México en el panorama mundial.

Lo asombroso del hecho es que se dio en el contexto de una crisis acentuada por la devaluación del peso ocurrida en 1994, con la cual las condiciones se hicieron más difíciles para sostener una industria dependiente de inversiones millonarias, que cayó a su nivel más bajo de producción desde los inicios de la década de 1930, antes del éxito de Allá en el Rancho Grande. En 1998, por ejemplo se produjo la cifra ínfima de once largometrajes.

El caso de Amores perros (2000), la ópera prima de Alejandro González Iñarritu, es representativo: una película elogiada y premiada en festivales prestigiosos. La contundencia de Amores perros fue tal que su influencia puede detectarse en varias películas posteriores como  21 gramos en su debut Hollywoodense. Desde entonces ha dirigido Babel (2006), con la que obtuvo el premio a mejor director en el festival de Cannes de 2006; Biutiful (2010), su primer proyecto sin la colaboración del Guionista Guillermo Arriaga, y más recientemente Birdman.

Quien fuera guionista de carrera en La mujer de Benjamín, La vida conyugal y Sin remitente, el oaxaqueño Ignacio Cruz mostró en estos inicios de siglo ser un director de interés con su segundo largometraje Cuento de hadas para dormir cocodrilos (2001), una película que sale de las constantes del cine mexicano actual, así como Mezcal (2005).

A diferencia de las películas dramáticas y serias de los cineastas de la vieja guardia, la comedia se ha perfilado como el género favorito de la nueva generación. Y el público también ha respondido a un tipo diferente de comedia mexicana, ajena a la grosería y a los albures. De ahí el éxito de Sexo, pudor y lágrimas (1998). De alguna forma, la ópera prima de Antonio Serrano tocó un nervio en la clase media mexicana al abordar la crisis de la pareja en un contexto privilegiado, mientras los diálogos hablaban de frustraciones existenciales, sexuales y sociales. Tal vez por ello resultó ser la película mexicana más remunerativa hasta ese entonces, superando en ingresos superproducciones hollywoodenses como La amenaza fantasma (George Lucas, 1999). Ese suceso demostró el interés de un nuevo tipo de espectador, básicamente joven, estudiante y de clase media, que asiste a las salas múltiples de los centros comerciales y está interesado en un cine que le hable de su propia idiosincrasia.

Fenómeno que también explica el éxito de Y tu mamá también (2000), de Alfonso Cuarón, quien aunque ha desarrollado una afortunada carrera hollywoodense, también dirigiera Sólo con tu pareja (1990) una comedia de situaciones sobre el engaño sufrido por un Don Juan irrefrenable, a quién se le hace creer que ha contraído SIDA. Ya en Estados Unidos, su filmografía incluye La princesita (1995), Grandes ilusiones Harry Potter y el prisionero de Askaban (2004), Niños del hombre (2006) y actualmente Gravity (2013) está última mundialmente premiada y reconocida en festivales internacionales, galardonada con siete premios Óscar de la academia.

Una pareja diferente de amigos fue la protagonista de Temporada de patos (2004), debut de Fernando Eimbcke. Bajo la influencia asumida de Jim Jarmusch, la película concentra la mayor parte de su acción en un departamento  del emblemático complejo de Tlatelolco — asociado con tragedias nacionales — donde los personajes, que no han dejado la infancia del todo, enfrentan sus primeros asomos de frustración existencial.  Su siguiente esfuerzo Lake Tahoe (2008) es otro ejercicio de la perspectiva minimalista de Eimbcke.

La mirada satírica a la realidad nacional ha sido otro tema recurrente, según se hizo común a partir del escándalo provocado por La ley de Herodes (1998), de Luis Estrada, una salvaje sátira sobre la próspera carrera de un corrupto presidente municipal, que no se detiene ante el asesinato para conseguir sus fines. Este fue uno de los títulos que señaló el fin de la censura tradicional en el cine mexicano y contradijo la indiferencia política de esa generación. Similarmente exitosa en taquilla fue El infierno (2010), sexto largometraje de Estrada y otra mirada extrema sobre un aspecto primordial de la vida mexicana, en este caso el efecto del narcotráfico en quienes lo ejercen.

Otras sátiras han sido más moderadas en sus acometidas aunque estas se nutran de figuras y situaciones reconocibles. Todo el poder (2000), de Fernando Sariñana, plantea la denuncia del crimen urbano asociado a la corrupción policiaca, con todo y final feliz, En el país de no pasa nada (1999) de María Del Carmen de Lara, es una simpática — y a la vez ingenua — burla de la figura del político deshonesto desde una perspectiva femenina; mientras Un  mundo raro (2001), de Armando Casas, enfoca el turbio mundo de la televisión comercial para establecer diferencias morales entre delincuentes comunes y las amorales figuras televisivas a las que admiran.

El horror ha resurgido en el cine mexicano reciente como un género obviamente  influido por el modelo extranjero, pero también referido como homenaje a anteriores exponentes del género en el país. De los múltiples ejemplos sobresale Kilómetro 31 (2007), de Rigoberto Castañeda, una historia de fantasmas al modo asiático que, además, fue la película más taquillera de aquel sexenio.

Otro género que ha registrado un auge expresivo en los últimos diez años ha sido el documental. Varios son los trabajos testimoniales que ha encontrado eco en festivales domésticos e internacionales, si bien la mayoría no  han alcanzado el beneficio de una exhibición comercial. En sus diferentes ejemplos, el documental reciente ha explorado varios aspectos de la realidad nacional, con un acento en los marginados o la gente de bajos recursos que sufre injusticias, de limitadas posibilidades laborales o es susceptible de cometer crímenes –o ser acusados injustamente de ellos– y terminar en prisión. Cineastas que han aportado títulos en ese sentido son: José Antonio Cordero y Alejandra Sánchez (Bajo Juárez, 2006), Antonino Isordia (1973, de 2005), Luciana Gajá (Mi vida dentro, 2007), Gustavo Gamou (La palomilla salvaje, 2006), Everardo González (La canción del pulque, Los ladrones viejos, 2007 y Cuates de Australia, 2011), Guadalupe Miranda (RELATOS DESDE EL ENCIERRO, 2004), Mercedes Moncada (La pasión de María Elena, 2003), y Juan Carlos Rulfo (En el hoyo, 2006, Los que se quedan, 2008, ¡De panzazo! 2012).

Más recientes han sido los esfuerzos de Tatiana Huezo (El lugar más pequeño, 2011) y Luisa Riley (Flor en otomí, 2011), ambas sobre cómo nuestro común pasado latinoamericano coincide con guerras internas en las que se sacrifican a individuos o a comunidades enteras. Un fenómeno aparte fue el caso de Presunto culpable (2009), que no fue dirigida por un cineasta sino por un abogado, Roberto Hernández, quien recurrió al vídeo para documentar un caso flagrante de injusticia en nuestro sistema penal.

Otro género que ha encontrado un público numeroso es la animación dirigida a público infantil. Los esfuerzos más taquilleros en ese sentido han sido Una película de huevos (2006) y Otra película de huevos y un pollo (2009), ambas dirigidas por Gabriel y Rodolfo Rivapalacio Alatriste. Una excepción en ese sentido es El Santos vs. la tetona Mendoza, fiel adaptación de la célebre tira cómica de los moneros Jis y Trino.

También ha habido espacio para las producciones independientes que buscan un cine de expresión personal, bajo una mayor influencia del cine europeo o el asiático. Películas como Adán y Eva (todavía) (2004) y La sangre iluminada (2007), de Iván Ávila, Noticias lejanas (2005), de Ricardo Benet, Crónica de un desayuno (2000), de Benjamín Cann, Sangre (2005) y Los bastardos (2008), de Amat Escalante; Mil nubes de paz cercan al cielo, amor, jamás acabarás de ser amor  (2002), El cielo dividido (2006), y Rabioso sol, rabioso cielo (2009), de Julián Hernández; Familia Tortuga (2006)  y Cefalópodo (2010), de Rubén Imaz; Los últimos cristeros (2011), de Matías Meyer; ¿Dónde están nuestras historias? (2007), Perpetuum Mobile (2009), El veranos de Goliat (2010) y  Los mejores temas (2012), entre otras, de Nicolás Pereda; Japón (2002), Batalla en el cielo (2005), Luz silenciosa (2007) y Post Tenebras Lux (2012), de Carlos Reygadas, denotan una preocupación por temas y recursos formales que se apartan de lo tradicional.

El notable aumento en el número de producciones se tradujo también en el mayor número de de óperas primas en la historia del cine nacional, entre los numerosos debuts que se dieron en el período actual, cabe distinguir a los siguientes: Andrés León Becker con Más que a nada en el mundo (2006), Francisco Vargas con  El violín (2007), Ernesto Contreras con Párpados azules (2007), Francisco Situó con  Quemar las naves (2007), Mariana Chenillo con Cinco días sin Nora (2008), Pedro González-Rubio con Alamar (2009), Rigoberto Pérez Cano con Norteado (2009), Michael Rowe con Año bisiesto (2010) y Michel Franco con  Después de Lucía (2012), entre otros….

Afectado por los vaivenes políticos y económicos, el cine mexicano ha podido sobrevivir todo tipo de impedimentos y contrariedades. Aún en los períodos más castigados por las circunstancias han aparecido películas significativas, nuevos talentos y colaboraciones internacionales, lo cual habla de la voluntad inquebrantable del séptimo arte. Después de las lecciones aprendidas en décadas de crisis, se antoja improbable que los nuevos cineastas se den fácilmente por vencidos ante futuras adversidades. Por lo pronto, como se ha visto, hay suficiente talento en activo para asegurar la existencia del cine mexicano en las siguientes décadas.

 

Con texto de Leonardo García Tsao

Ciudad de México, México 2014